Las primeras gotas del
rocío le salpican en los ojos y se despierta armando tal escandalera
que los luganos huyen en desbandada. Ha dormido tantas lunas que su
gorro se ha cubierto de musgo y sus polainas de hiedra. Se atusa
mirando su reflejo en la charca de las ranas y se sacude la chaqueta
para quitarle el olor a hierba recién cortada. Con un trébol de
cuatro hojas en la solapa, avanza decidido hacia el claro del bosque
desde el que se divisa la aldea y tras rascarse con fruición sus
orejas puntiagudas suspira porque, por fin hoy, ella se unirá a él
para siempre. Mientras la espera, se mimetiza en un arbusto y después
en un sauce bajo el que, unas mujeres hacen la colada. Las escucha
hablar de la hija del furtivo, cuentan que ha acabado en un manicomio
porque le dijo a todo el mundo que en el bosque habitaba un duende
que la amaba. El agua se vuelve verde y las lavanderas huyen
despavoridas. El sauce que les daba sombra ahora llora, a través de
sus hojas, lágrimas verdes.









