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Y CRECEN...


Para mi hijo  Pedro 

Avanza sigilosamente con la espalda pegada a la pared, las manos entrelazadas con los dedos índices levantados en posición de pistola, alcanza la esquina, de un salto la sortea apuntando con sus dedos hacia el espacio por el que se adentra: “¡Alto o disparo!”  “bang, pam,pam”. Menos mal que el camino está despejado de enemigos, sino hubieran caído irremediablemente aunque  se hubieran rendido, él no puede esperar, no sabe.

Su impaciencia le hizo nacer antes de tiempo y decidió  beberse la vida a tragos, abrazar como un oso, comer como una lima y entregarse sin condiciones. Su voz está cambiando y su cara se está haciendo mayor pero el cielo sigue habitando  en su sonrisa y en el brillo de sus ojos. Ahora eso sí, como le dure esa costumbre de jugar a las guerras en el trayecto del garaje a  casa, un día de estos algún vecino cae infartado en una esquina.   

CENCIA

RAF_ARTE


Si su mentón pugnaba por subir, su nariz lo hacía por bajar para encontrarse a medio camino. Nunca ví el color de sus ojos perdidos bajo los párpados caídos. La naturaleza fue malvada con ella  y  la vida no le dio cuartelillo, sin embargo jamás perdió la sonrisa.

Cencia era el desafío al contratiempo, la huella de la soledad en las largas noches de invierno, la compañera  fiel de esa botella con que emborrachaba las penas. De niña tenía vedada la entrada en su casa por eso siempre terminaba furtivamente en su cocina bebiendo vino caliente con azúcar y comiendo esos sequillos que amasaba con mísera dulzura.

Crecí a la par que su abandono y  convertí su hospitalidad  en escrúpulos : donde antes habitaba la aventura, ahora solo había suciedad;  lo que de niña  degustaba, ahora repudiaba, pero ella seguía sonriendo y derritiendo mi memoria.

El día que murió nacieron mis recuerdos y volví a maldecir   con ella al zorro que le mató a las gallinas y a llorar sus lágrimas  ante ese  vaso que no conoció el agua,  solamente  el vino. 

TRIS, TRAS, EL ABUELO TRISTÁN

Juan Alberto 10

Vino de la mano del siglo XX envuelto en lienzos negros  por el padre que no le vio nacer, por si acaso la pena  se esfumaba le llamaron Tristán y empezó su andadura en una tierra árida y seca que siempre dio más pena que trigo.

Pronto le salió una boina negra en la cabeza que apenas se quitaba para dormir y para entrar en la iglesia como un buen parroquiano. Siempre tuvo mucho carácter, el que le dejaba la abuela, capaz de derramarle un plato de sopa caliente sobre los pantalones sin permitirle rechistar.

Cuando ya no soportaba el peso de la vida,  empezó a encorvarse y le compraron un bastón para mantenerse erguido, pero él lo iba cortando poco a poco hasta que solo veía el suelo y no el cielo y  decidió retirarse como vino, sin aspavientos, sin ruido... tris, tras, ni lo ves ni lo verás al abuelo Tristán.   

TOMASA



Me dijeron que no siempre tuvo el pelo blanco ni tampoco esos  ojos a punto de saltar de la cara, que fueron los años y esos gruesos cristales  los que apagaron el brío de su mirada, pero yo la conocí así, sin historia y con arrugas, sombra de su señor, víctima de sus caprichos, dueña de nada, retrato ajado  del paño de lágrimas que un día fue, añoranza de la caricia que nunca recibió. Todavía recuerdo las tardes de invierno con aroma a café en la cocina de esa mansión señorial donde perdió su inocencia y sus sueños y en el centro de la mesa un plato de amarguras almibaradas para merendar. Después, cuando la tarde se apagaba apretaba mi mano para retenerme, me regalaba la única sonrisa que le quedaba y me susurraba:- soy la única mujer a la que ha querido -, yo le daba un beso en la frente  y me marchaba por la puerta de servicio.  


(Con este relato abro un apartado que bajo el nombre de RETRATOS pretende dibujar perfiles humanos que se han cruzado en mi camino y que por una u otra razón me dejaron huella )