Para mi hijo Pedro
Avanza sigilosamente con la espalda pegada a la pared, las manos entrelazadas con los dedos índices levantados en posición de pistola, alcanza la esquina, de un salto la sortea apuntando con sus dedos hacia el espacio por el que se adentra: “¡Alto o disparo!” “bang, pam,pam”. Menos mal que el camino está despejado de enemigos, sino hubieran caído irremediablemente aunque se hubieran rendido, él no puede esperar, no sabe.
Su impaciencia le hizo nacer antes de tiempo y decidió beberse la vida a tragos, abrazar como un oso, comer como una lima y entregarse sin condiciones. Su voz está cambiando y su cara se está haciendo mayor pero el cielo sigue habitando en su sonrisa y en el brillo de sus ojos. Ahora eso sí, como le dure esa costumbre de jugar a las guerras en el trayecto del garaje a casa, un día de estos algún vecino cae infartado en una esquina.





