LÁGRIMAS VERDES





Las primeras gotas del rocío le salpican en los ojos y se despierta armando tal escandalera que los luganos huyen en desbandada. Ha dormido tantas lunas que su gorro se ha cubierto de musgo y sus polainas de hiedra. Se atusa mirando su reflejo en la charca de las ranas y se sacude la chaqueta para quitarle el olor a hierba recién cortada. Con un trébol de cuatro hojas en la solapa, avanza decidido hacia el claro del bosque desde el que se divisa la aldea y tras rascarse con fruición sus orejas puntiagudas suspira porque, por fin hoy, ella se unirá a él para siempre. Mientras la espera, se mimetiza en un arbusto y después en un sauce bajo el que, unas mujeres hacen la colada. Las escucha hablar de la hija del furtivo, cuentan que ha acabado en un manicomio porque le dijo a todo el mundo que en el bosque habitaba un duende que la amaba. El agua se vuelve verde y las lavanderas huyen despavoridas. El sauce que les daba sombra ahora llora, a través de sus hojas, lágrimas verdes.




XANA



Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba aventuras increíbles sobre mi madre y mi abuela; yo escuchaba con los ojos muy abiertos cómo volaban entre los árboles y se escondían tras las ramas para que nadie las descubriera. A papá no le gustaba que el abuelo me contara esas historias, ni que pronunciara mi nombre con una “x” delante, pero no podía evitar que me escapara al bosque ni que mi pelo oliera a lluvia, ni que aquella noche de luna llena crecieran bajo mis omóplatos unas minúsculas alas. Papá dijo que era mejor que nadie se enterara, pero ya era tarde, desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.


Con este relato me hice con el segundo premio del concurso "A Curuxa"

Los requisitos eran que empezara con la frase "Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba... y terminara con "desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos"y no más de 100 palabras, sin contar con las frases de inicio y final". Le tengo un cariño especial a este micro porque Xana es el avatar con el que participo y me conocen en unos cuantos concursitos de estos que nos gustan a los microrrelatistas y esta hadita me ha proporcionado muy buenos momentos.  



¡CUÉNTAMELO OTRA VEZ!






De pequeña quería ser peluquera y después, monitoria de aerobic. Jamás dijo que seguiría mis pasos como abogada, aunque había que estar muy ciego para no ver que la vocación la llevaba en la sangre. Cuando era niña le leía el flautista de Hamelín y disfrutaba con sus ojillos repletos de fascinación por un hombre que con una simple flauta defendía los derechos de la ciudadanía, librando a un pueblo de las ratas. Otras veces me agotaba cuando se convertía en acusación particular contra los cuarenta ladrones por pervertir al bueno de Ali Babá, aunque siempre terminaba diciendo “cuéntamelo otra vez”. Hoy el destino une nuestras togas y mientras yo celebro mi veinticinco aniversario de profesión, ella jura la Constitución como nueva letrada. Este oficio le viene como anillo al dedo y estoy segura de que dentro de poco compartirá sus éxitos conmigo y entonces diré “cuéntamelo otra vez”.


Relato seleccionado este mes de octubre en el X concurso de microrrelatos sobre abogados que organiza el Consejo General de la Abogacía. Los requisitos son que trate sobre abogados, que no supere las 150 palabras y que incluya estas cinco: Constitución, cuarenta, aniversario, derechos, ciudadanía. 

LA MIRADA DEL TIBURÓN BLANCO


El miedo me recorrió las entrañas la primera vez que me topé con su mirada.  Los ojos del tiburón blanco son negros como el carbón, con esa negrura que solo da la ausencia de materia, la vacuidad; y me siguen haya donde yo vaya, es capaz de revirarlos hacia atrás y no perderme de vista ni estando de espalda, soy su presa favorita. Se mueve con tal sigilo que nunca percibo su presencia hasta que está junto a mí y es entonces cuando un escalofrío acompaña las palabras que me susurra al oído: «La espero en mi despacho, señorita Peláez»

EL VESTIDO DE FLORES




Al anochecer, la encargada llega al mostrador y con un simple gesto indica a las dependientas que deben recoger y marcharse antes del toque de queda. Cierra la puerta tras ellas, y recorre con parsimonia el almacén de la improvisada tienda, ojeando los nuevos sombreros recibidos, que empiezan a no caber ya en las estanterías, las blusas, las faldas y por último los vestidos. Se detiene ante uno con estampado de flores y cuello de encaje, No hay duda, es el de su vecina de arriba, lo llevaba puesto la última vez que la vio. Lo superpone a su silueta ante el espejo y piensa que con descoser la estrella amarilla de la manga y subirle un poco el bajo, le quedará perfecto. Aporrean la puerta, un nuevo cargamento de ropa procedente de Auschwitz acaba de llegar.

(Con este relato me hice con el 2º premio del V Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Olombrada)


CUANDO APARECE LA ILUSION




Margot era una mujer de esas que nunca se olvidan. Un tornado recién llegado de Chiapas que fue a parar a un pueblo de Albacete. Recuerdo el revuelo que se armó la mañana que llegó y se presentó ante unos como santera y ante otros como hechicera. Se asomó al balcón de la que iba a ser su casa y ante la mirada recelosa de todos los allí congregados para cotillear, exclamó “Padrísimo”. Al día siguiente sacudió una manta con dibujos florales por el balcón y la plaza quedó repleta de margaritas y claveles. Unos días después, sacó al balcón una toalla con un mar y palmeras, y las eras se convirtieron en playas de arena blanca y aguas cristalinas. Después vinieron los manteles con cestos de fruta y ricos manjares. Las viejas del lugar no pararon hasta que el cura habló con ella y la invitó a irse por donde había venido. Y se fue, pero antes sacudió por el balcón una sábana grande con un dragón que anduvo aterrorizando al pueblo hasta que el SEPRONA logró reducirlo. Ya nada es igual desde que ella no está.


EL CUADRO DEL SALÓN




Desde que el abuelo desapareció un día mientras ponía la mesa, mamá nos mandaba todas las tardes a casa de la abuela para entretenerla, y allí hacíamos los deberes bajo la atenta mirada de esos señores a caballo rodeados de perros de caza del cuadro del salón. A ninguno nos gustaba esa pintura que ocupaba toda la pared y procurábamos no mirarla mucho, excepto mi hermano pequeño que juraba haber visto al abuelo entre los monteros y siempre pegaba sus gafitas de empollón al lienzo para buscarlo de nuevo. Una tarde mientras los demás estábamos en la cocina, mi hermano pequeño desapareció sin dejar rastro. Apareció una semana después en medio del salón con las gafas rotas y lleno de arañazos. Nunca supimos lo que pasó. Ayer murió la abuela y mi hermano se esfumó de nuevo. Hoy durante el entierro ha aparecido y ha dejado una carta sobre el féretro que empieza diciendo “A mi querida esposa”. 

EL NÚMERO 11





Dicen los expertos que el 11 es el número maestro de los destinados a alcanzar la iluminación. Tal vez por ello fuimos 11 los que nos adentramos en la aventura de descubrir esa belleza que la naturaleza solo enseña a aquellos que se atreven con sus cumbres.
11 expedicionarios. Unos, avezados montañeros, otros, no tanto, incluso estábamos aquellos que sufríamos en silencio el miedo a no resistirlo.
A veces en fila india, a veces en grupos, recorrimos bosques, subimos cuestas que parecían imposibles de remontar y pisamos tanta piedra bajando que nuestros pies no paraban de gritar, eso cuando no resbalaban por los pedregales.
El silencio nos rodeó entre los robles, la niebla jugó con nosotros al escondite hasta Panderrueda y el brezo nos regaló la mejor de sus caras, en solitario y mezclada con otras especies y el más dulce de sus aromas. Dos inmensos buitres nos sobrevolaron majestuosos durante una parte del camino, tal vez porque no perdían la esperanza de que cayéramos alguno. También tuvimos oportunidad de avistar a un rebeco custodiando fielmente la entrada de una cueva y de encontrarnos un pequeño Belén que alguien había colocado allí, entre las rocas más altas, salpicadas de una verbena de colores por los líquenes.
Cuando las botas de uno llegan a estos parajes, la belleza ya no te cabe en los ojos y se expande al corazón y ahí se queda a vivir por algún tiempo, por eso cuando llegamos a Soto 25 kilometros después, nos sentamos en el puente de la fuente, unos frente a otros, como si no quisiéramos que se acabara.

Dicen que el número 11 está unido a los grandes proyectos y a los grandes encuentros. Seguro que por eso fuimos 11.