LA MIRADA DEL TIBURÓN BLANCO


El miedo me recorrió las entrañas la primera vez que me topé con su mirada.  Los ojos del tiburón blanco son negros como el carbón, con esa negrura que solo da la ausencia de materia, la vacuidad; y me siguen haya donde yo vaya, es capaz de revirarlos hacia atrás y no perderme de vista ni estando de espalda, soy su presa favorita. Se mueve con tal sigilo que nunca percibo su presencia hasta que está junto a mí y es entonces cuando un escalofrío acompaña las palabras que me susurra al oído: «La espero en mi despacho, señorita Peláez»

EL VESTIDO DE FLORES




Al anochecer, la encargada llega al mostrador y con un simple gesto indica a las dependientas que deben recoger y marcharse antes del toque de queda. Cierra la puerta tras ellas, y recorre con parsimonia el almacén de la improvisada tienda, ojeando los nuevos sombreros recibidos, que empiezan a no caber ya en las estanterías, las blusas, las faldas y por último los vestidos. Se detiene ante uno con estampado de flores y cuello de encaje, No hay duda, es el de su vecina de arriba, lo llevaba puesto la última vez que la vio. Lo superpone a su silueta ante el espejo y piensa que con descoser la estrella amarilla de la manga y subirle un poco el bajo, le quedará perfecto. Aporrean la puerta, un nuevo cargamento de ropa procedente de Auschwitz acaba de llegar.

(Con este relato me hice con el 2º premio del V Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Olombrada)


CUANDO APARECE LA ILUSION




Margot era una mujer de esas que nunca se olvidan. Un tornado recién llegado de Chiapas que fue a parar a un pueblo de Albacete. Recuerdo el revuelo que se armó la mañana que llegó y se presentó ante unos como santera y ante otros como hechicera. Se asomó al balcón de la que iba a ser su casa y ante la mirada recelosa de todos los allí congregados para cotillear, exclamó “Padrísimo”. Al día siguiente sacudió una manta con dibujos florales por el balcón y la plaza quedó repleta de margaritas y claveles. Unos días después, sacó al balcón una toalla con un mar y palmeras, y las eras se convirtieron en playas de arena blanca y aguas cristalinas. Después vinieron los manteles con cestos de fruta y ricos manjares. Las viejas del lugar no pararon hasta que el cura habló con ella y la invitó a irse por donde había venido. Y se fue, pero antes sacudió por el balcón una sábana grande con un dragón que anduvo aterrorizando al pueblo hasta que el SEPRONA logró reducirlo. Ya nada es igual desde que ella no está.