Hay relatos que prometen, como éste y por ello me resisto a destruirlo, pero que por más vueltas que le doy, no consigo rematarlo. ¿Me ayudáis a encontrarle un título y un final?
Llevaba un buen rato conduciendo sin cruzarme con nadie, excepto una bandada de pájaros negros que, haciendo de palio, me acompañó en procesión hasta la entrada del pueblo. Iba recitando mis monsergas de vendedor de enciclopedias para ir calentando motores, mientras veía los jirones de los toldos moviéndose al son que el viento les tocaba.
Las tiendas estaban abiertas, las ventanas de las casas también y las calles, desiertas. Flotaba un espeso silencio solo alterado por las bisagras de las ventanas empujadas por el aire, o por el ruido lejano de una puerta que ha aprendido a cerrarse sola. No parecía un buen comienzo. Decidí entrar a preguntar en la frutería que tenía enfrente y solo me encontré con un ejercito de moscas que chupaban impunemente las frutas podridas que llenaban las estanterías. Salí de allí con tanto asco como certeza de que algo no iba bien.
Era el momento de marcharme: ya me las apañaría para explicarle a mi jefe que había ido a parar a un pueblo fantasma, y que los espectros no necesitan enciclopedias. Pero un ruido lejano me heló el corazón: el estribillo de una canción infantil retumbaba en el vacío, cada vez con más nitidez. No sé por qué extraña razón me dirigí hacia ella a pesar de que mis piernas pujaban por avanzar en dirección opuesta. Una fuerza invisible me empujaba hacia una casa cuya puerta se abría y cerraba con vida propia. Cuando me di cuenta ya estaba dentro, recorriendo su oscuro pasillo en dirección a la voz que salía de la habitación del fondo …


