Pablo Lizardo
Llegan las deseadas vacaciones. Me apetecen tanto que no quiero tomarlas para que no se me acaben, para que no empiecen, para que no se agoten las ganas de disfrutarlas.
Me voy a olvidar de todo, hasta de mí pero no me queda más remedio que llevarme aunque sea a rastras y así no hay quien empiece unas vacaciones, cuando consiga ponerme de pie, ya se han terminado.
Si pudiera me dejaría en casa, como la mascota que se abandona en vacaciones o el abuelo que se mete en la residencia con la excusa de que le alteran mucho los viajes, pero en el fondo me echaría de menos.
Y es que, aunque no lo quiera reconocer, me caigo bien, me rio de mis gracias y disfruto de mi conversación paseando conmigo, bien es verdad que en algunas ocasiones daría lo que fuera por perderme de vista pero en líneas generales mantengo un entente cordial conmigo misma.
Empieza la cuenta atrás para refugiarme en mis libros, entre mis letras y perderme en mi bosque, pretendo adentrarme en él hasta que consiga darme esquinazo y llegue lo bastante lejos para no alcanzarme. En la maleta sólo llevo mis botas, mis ganas de reir, unas alas para volar y unos cuantos abrazos para regalar.
Pero no me voy, solo me distancio, no me marcho, solo me evado, me voy conmigo pero me quedo siempre a mi lado.