Viiicct
El abuelo empezó la tradición y mi
padre me inculcó la importancia de la labor que habíamos de desempeñar.
Siempre pensé que exageraba, enhebrar el hilo para que otros cosieran sus
heridas, zurcieran sus rotos y bordaran con adornos sus secretos más
inconfesables, era una tarea harto sencilla. Con el tiempo y la experiencia
descubrí que no era así.
A fuerza de mirar la vida por el ojo de una aguja, aprendí
a enfocar lo importante en el punto de mira, a aparcar los grandes problemas
porque solo hay sitio para uno cada vez
y en tamaño reducido. Comprobé que siempre hay hueco para una sonrisa, una
caricia o un beso y que las puntadas que nunca se descosen son las dadas con los
actos más pequeños.
No me falta trabajo, son muchos los que siguen empeñados en
grandes batallas y mayores glorias que, al final, vienen a mí para que les enhebre el hilo que
remiende sus miserias.









