Little Sadie
Llevaba un rato allí y no sabía si estaba o no estaba, si era real o tan solo un sueño. Los copos de nieve me golpeaban con fuerza en la cara invitándome a marcharme pero no estaba dispuesta a renunciar al momento. Los espinos albares me observaban recelosos bajo su enorme capa de líquenes mientras un grandioso acebo me lanzaba frutos rojos para ahuyentarme del lugar. Yo permanecía de pie, inmóvil, respirando el sonido del silencio, escuchando el ritmo de su cadencia marcado por los cencerros de los caballos que bordeaban el escenario. Entonces me moví y sentí cada músculo de mi pie izquierdo pisando la hierba, la brisa acariciando mis piernas, el frio soplando sobre mi frente e incluso el leve crujido de un haya que franqueaba mi derecha. En un instante mágico entendí el murmullo del agua del manantial que fluía entre las rocas, percibí la sonrisa del roble que vigilaba el sendero y recibí la caricia de unas hojas que bailaban con el viento. Llevaba un rato allí cuando descubrí que siempre había sido parte de ese lugar.








