UNA GORRA SIN NOMBRE



Cada mañana al levantarse cogía un currusco de pan y salía a la calle. Iba en busca de un pájaro al que batir con su tirachinas,  una lagartija a la que cortarle el rabo o unas hortalizas que arrancar en un huerto ajeno. Cuando los otros salían del cole, abordaba a los más pequeños quitándoles las monedas que llevaban, luego iba a buscar a Gabriela y le daba unas cuantas  para que se bajara las bragas.

Casi todos los días terminaba tirando su rabia al lago en forma de piedra: una por el padre que le cambió por el alcohol; otra por la madre que osó morirse cuando sólo tenía dos años; la tercera por la caricia que no conocía, la cuarta por los amigos que nunca tuvo y así hasta que ya no tenía con qué matar la rabia. Pero la semana pasada le ocurrió algo singular: cada piedra que lanzaba al lago le era misteriosamente devuelta, para mostrar quien era el amo tomo una de grandes dimensiones y la lanzó al agua, ésta se levantó en forma de ola y le engulló. No quedó ni rastro de él, tan sólo su gorra flotando en la superficie.

Nadie le echa de menos, incluso algunos agradecen su ausencia, diría yo.

Nunca averigüé como se llamaba por aquello de que lo que no tiene nombre no existe. 

4 comentarios:

Miguel jiménez salvador dijo...

¡Guau Esperanza!

Terrible recorrido vital, casi parece que el lanzamiento de la última fuera un acuerdo de partes.

Me gustó mucho, pese a su crudeza, o tal vez por eso. Rasca rasca.

Un abrazo.

ESPERANZA dijo...

Gracias Miguel, sí es crudo de narices, pero es que últimamente me pide el cuerpo reflejar la brutalidad en las letras, ¡qué le vamos a hacer!

Un abrazo,

Nicolás Jarque dijo...

Esperanza, original microrrelato que se escapa de la ternura con ese final justiciero. ¡Menuda es el agua!

Un beso, Escritora.

Barlon Mrando dijo...

Yo casi diría que le hizo un gran favor, con el camino que llevaba podía haber llegado a tener una muerte bastante peor. Es un gran relato. De ahora en adelante me cuidaré de tirar piedras a los ríos.

Saludos.